Wednesday, May 7, 2008

Denuncia en la novela ‘Los crímenes del Museo del Prado’

José María Amigo Zamorano

Tomás García Yebra: ‘Los crímenes del Museo del Prado’; Madrid, Editorial Funambulista, 2007; primera edición, enero de 2008.


“-¿Qué quieres hacer?
-Un primer plano de los cojones del caballo.

¡¿Cómo los tiene?! -preguntó Larra desde la otra orilla.
-¡Grandes! -gritó Kapa- ¡Aunque dado el tamaño tampoco es para tanto!

-¿Sabes cual es tu problema? -dijo.
Larra tensó la mirada.
-No quisiera ofenderte, Mariano, pero ¿sabes cual es tu verdadero problema?
-Di -se impacientó.
-Follas poco.”

Con estos diálogos, con estas mimbres corrientes, vulgares en el buen sentido, de andar por casa, directas, no aptas para memos, ni aderezadas para píos o pías, Tomás García Yebra, Jefe de Cultura de la agencia Colpisa, va trenzando su novela ‘Los crímenes del Museo del Prado’. Así, pagina tras página, mantiene un suave suspense que no es otro que el ir desarrollando un reportaje, para la revista ‘Todos encantados’, acerca del acontecimiento sociólogico, que vive Madrid, de colas interminables de personas, acudiendo como borregos, a ver una exposición sobre Velanquez del que no saben nada. O eso es lo que nos viene a decir la novela.

Los diálogos chispeantes, agudos, irónicos, simples unas veces, otras mordaces, se suceden intercalados por recetas de cocina y datos o detalles o significados o fechas sobre cuadros del pintor español y otros pintores. Cuñas bien dosificadas para no aburrir al personal. Casi siempre, estas notas, las dice el narrador. Aunque, en numerosas ocasiones, salen de la conversación de los personajes, tan ignorantes como el resto de la riada de visitantes que, en fila india, viene culebreando por las aceras de numerosas calles aledañas a la pinacoteca nacional, lentamente.

Con parecida lentitud al avance de los hechos de la novela. Téngase en cuenta que el primer crimen no ocurre hasta cerca de la página doscientas, de las quinientas que tiene la obra. Que esto no nos lleve a creer que es aburrida. No. En modo alguno.

Los diálogos que pusimos, como ejemplo, al principio es una muestra de la sonrisa que puede aflorar a los labios, cuando no la risa o la carcajada abierta, durante la lectura de la novela. Incluso puede parecer, o hacernos pensar, un desarrollo novelesco simple, de puro entretenimiento, para pasar un rato agradable, con las salidas chistosas de los personajes. Donde toda profundidad ha sido expulsada o apartada por lóbrega, a fin de no calentarnos la cabeza con cuestiones, cuya embergadura, más que regocijo, nos producirían dolor.

Esa es la apariencia, la superficie, la cáscara, la corteza. La miga es otra. Pues con mimbres de consistencia tan débil, tan frágil, Tomás García Yebra, va denunciando, entre otras miserias, la manipulación informativa de las masas, los negocios sucios en torno al Museo del Prado: ganancias crematísticas ilegítimas de mandos políticos, banqueros, empresarios, galeristas, copistas… Pero aquí no se salva ni dios: el ansia de dinero llega, en su complicidad, hasta la secretaria, el portero, el carpintero, el albañil… Lo que se esconde tras este emblema, tras este icono, de la Cultura Nacional. Ya en la novela leemos: “Un buen escritor es el que le entrega al lector un espejo para que contemple sus miserias”.

Al leer la novela hemos recordado una parte de la biografía de Diego Rivera, el gran pintor muralista mejicano, en su paso por España. Y lo caro que le costó. Como en otros tiempos le hubiera costado caro a Tomás García Yebra esta novela.

Explicaremos lo sucedido a Diego Rivera porque corrobora, en cierta manera, lo denunciado por el jefe cultural de Colpisa: Con Gómez de la Serna y otros (también estuvo en el ajo Valle -Inclán) arrendaron una antigua casa de putas y, en el Rastro, compraron unas viejas tablas castellanas. Entonces estaba de moda el pintor Chirico. De modo que en las tablas, como si las hubiera plasmado el pintor italiano, imitaron algunos motivos. Luego se las llevaron a un amigo, marchante de prestigio, quien enseguida captó la falsificación. Le pidieron que, no obstante, las pusiera en su tienda. Después de mucho rogar consiguieron que las colocara en un rincón. Si bien, él machante les dejo claro que no las iba a vender. Diego Rivera y Gómez de la Serna sabían que tenía pensado ir por la tienda de ese marchante el que era entonces director del Museo del Prado (no recordamos el nombre) acompañado de un personaje femenino de la Casa Real. Querían demostrar la asnal ignorancia de ese director y de paso, también, como republicanos, hacerlo en el momento que el personaje femenino de la real casa iba a ser introducido en sociedad. Efectivamente, pasaron por allí, vieron las tablas a las que el marchante, fiel a su honradez, no dio importancia. Escandalizáronse el señor director y la infanta real. Mas como le compraron lienzos de pintores flamencos, se las regaló. En el Museo del Prado arrumbaron los pintores flamencos y colocaron, bien visibles, las tablas del falso Chirico. Cuando el director inauguró la exposición, que coincidía con la presentación pública de la infanta o lo que fuera, Diego Rivera, Gómez de la Serna y sus amigos, animados por Valle-Inclán, denunciaron en la prensa la falsificación. Les salió caro y peligroso el arrojo. Pero esa es otra historia. O la misma.

Bueno terminamos: la novela ‘Los crímenes del Museo del Prado’ rezuma también un cierto pesimismo acerca de esas masas que se mueven, como decía Machado en su proverbio, siempre al son que tocan. Es, creemos, un pesimismo orteguiano. Que, quizás, es el del autor. Eso no lo sabemos. No conocemos, del todo, la ideología de Tomás García Yebra. Y no es, en su totalidad, cierto ese pesimismo. Porque masas, como gentes, las hay ‘pa to’. Sin ir más lejos, hemos conocido en Las Navas del Marqués, pueblo del autor, a un humilde empleado de Renfe que era un especialista en Velazquez. Lo sabía todo. Y tal vez estaba haciendo cola por los alrededores del Museo del Prado, donde se llevaron a cabo, esos crímenes que narra Tomás García Yebra.
Posted by María Pita in 14:15:28
Comments

One Response

  1. you rock my world!!!

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