Wednesday, February 25, 2009

Iswe Letu: Luchando por la Libertad

(En recuerdo y homenaje de Concha Tristán que murió hace pocos días)

Se cuenta de una vez una golondrina muy joven que vivía feliz con sus padres, jugaba con sus amigas y ya comenzaba a trabajar llevando barro en el pico para construir su nido. A pesar de su juventud había realizado aventuras, a veces peligrosas, que mostraban a las claras su generosidad y su arrojo. Era dichosa.
Pero por azares del Destino que unos veces es bienhechor y otros maligno se quedaron prendidas sus patas, a la vera del arroyo, de un barro arcilloso. Por mas que hizo para desprenderse de él no lo logró. A cada movimiento se hundía más y más en el barro. Hasta que ya muy cansada se abandonó a su suerte y el barro la tragó.
Al poco acudió al arroyo un alfarero a coger arcilla para su trabajo porque se le habían agotado las subsistencias. Metió una buena cantidad en un zurrón y regresó a su taller. Como habréis adivinado dentro del barro latía la galondrina de nuestra historia sin que el alfarero lo supiera.
Allá en el nido de la golondrina sus padres, como no regresara a tiempo, comunicaron su inquietud a los vecinos. La buscaron por todas las partes. Infructuosamente. Y pensando que habría muerto se hundieron en la tristeza y la lloraron amargamente.
Mientras tanto el alfarero puso parte del barro en el torno y comenzó a modelar un jarrón. Metío los dedos en la masa para hacerle el hueco de la panza viéndose sorprendido con un bulto que iba saliendo en la panza de la vasija. Y ya iba a quitárselo cuando le llamó su mujer. Contempló un instante su obra y la dio por bien hecha. Al fin y al cabo el bulto tenía forma de pájaro.
-¿Quién va a pensar que es un pedrusco?, pensó para si.
De modo que, como la mujer arreciera en sus gritos, cogió la pieza y la puso junto a las otras para que se secara al sol.
Y se fue.
La golondrina, porque el bulto como ya hemos dicho era ella, al sentir los rayos del sol y viéndose casi libre comenzó a moverse intentando deshacerse de la suave y débil capa de arcilla que la cubría. Cuanto más esfuerzos realizaba más forma de golondrina adquiría. Luego podría volar y volar para reencontrarse con sus padres y amigas que echaba mucho en falta.
Para su desgracia no solo se movía ella, también lo hacía el sol, señor de los cielos. Era verano y alcanzaban de lleno sus rayos ardientes a las vasijas del alfarero. En poco tiempo la fina capa que rodeaba a la avecilla se fue endureciendo, con lo que que la golondrina viose abocada a permanecer en ese jarrón. Mucho lloró. Tanto, que  la arcilla que cubrian sus párpados se deslizó en forma de gota dejando libres sus ojos. Volvió a ver la luz y con ella a sus amigas que volaban incesantes por el cielo preguntándose dónde estaría su amiga:  aun tenían la esperanza de volver a verla.
Sintió alegría y pena; alegría de dejar un mundo oscuro y pena por el encierro en la que se veía presa. Una cárcel arcillosa.
Esto pensaba la golondrina cuando el artesano regresó a su faena triste y compungido por las deudas en las que estaba encarcelado y que le tenían el corazón en vilo.
Continuó su trabajo sin el más mínimo aliciente. Las ideas volaban por los más negros espacios augurales. ¡Qué sería de su familia!
Pintaba sus vasijas sin ganas, mecánicamente.
Mustio y mohino se hallaba al recoger de suelo el jarrón que dejó cuando su mujer le llamara para lamentarse de que su bolsa se hallaba vacía de monedas y preguntarle de muy malos modos de dónde sacaría dinero para subsistir. No supo qué contestarle. Pero ahora, al ver la vasija, se le iluminó el rostro. El vientre del jarrón tenía una protuberancia de forma de pájaro perfecta. Paseó sus manos por el bajorrelieve pareciéndole que la forma estaba viva. Hasta creyó ver como se movían sus ojos. Se dio una palmada en la frente como para ahuyentar sueños.
-¡Que tonto soy! Cómo se van a mover los puntos negros de algún pedrusco…
Hay que decir, para que se entienda bien el relato, que el hombre era un artesano con una gran sensibilidad  y comprendió que se hallaba ante unas formas de exquisita factura. Necesitaba, eso si, darle una capa de pintura para que ese bulto adquiriera el color de una golondrina viva que llorara desesperada por desprenderse del resto del jarrón. Había creado una obra de arte. Única y valiosa. Fue consciente de ello.
Los miércoles en aquella localidad donde vivía nuestro hombre había mercado y como todos los miércoles acudió con sus piezas de barro a su puesto. Colocó sus piezas, saludó a los verduleros y verduleras, a los pajareros, a los que vendían pescado, a los meloneros… Luego se puso a vocear sus mercancias. Voces que se confundían con las de otros artesanos y comerciantes. Una alegre algarabia se adueñó del mercado semanal. Funcionarios, campesinos, estudiantes, amas de casa… iban acercándose hasta los distintos chiringuitos.
Él esperó a que las gentes se fijaran en sus creaciones.
Un niño que paseaba cogido de la mano de su madre exclamó:
-¡Mamá! Mira ese jarrón tiene una golondrina posada en su barriga.
Y fue como si de repente descubriera algo que todos habían percibido pero que no se habían atrevido a decir en voz alta no fuera a ser que los trataran de locos.
Efectivamente, todos se admiraron de este logro artístico, lo elogiaron, felicitaron al artesano y pujaron por comprársela. La vendió a un buen precio. Antes de que se la llevara una señora la besó en el lugar donde estaba la golondrina que sintió su beso y se emocionó.
Ya no tendría problemas económicos. Podría pagar todas las deudas, porque además vendió la totalidad de sus piezas.
Marchó alegre el alfarero y contenta así mismo se fue la golondrina por haber conseguido la felicidad de aquel hombre.
La mujer que compró el jarrón lo puso en la repisa de la chimenea del salón. Desde allí veía el avecilla un mundo extraño y limitado: sofás y sillones donde se sentaban la mujer, su marido y tres hijos; y donde dormitaban a menudo dos gatos, uno negro y otro blanco. En mesillas y aparadores había macetas con plantas de nombres que nunca había oido: spatillyum, calas, palmeras… Otras plantas de raros nombres estaban colgadas del techo.
Lo que mas le gustó fue un pajarillo. Estaba, como ella, encarcelado en una jaula. Aunque la diferencia era notable, porque él podía utilizar sus alas y ella no. Algunas veces, al ver al pajarillo volar de travesaño en travesaño se sublevaba erizándosele las plumas que, enseguida, se encontraban con la dureza de la arcilla y le dolían. Intentaba romperla. Su esfuerzo sin embargo era vano.
Al esposo de la señora le pasaba algo parecido con sus brazos. Su movilidad era limitada. Pero en la desgracia hay diferencias de mucha naturaleza: la parálisis de ella era casi total; la del hombre era parcial; y la del pájaro era relativa, solo relativa; su cárcel era de arcilla; el molde del señor era de carne; y el del pájarito era casi invisible, etérea.
Cuando se comparaba con el hombre que estaba ahí, sentado en el sillón, volvía a rebelarse contra su infortunio, porque sus piernas se movían y podía ir de un lado a otro. Ella en cambio…
Eran momentos de rabia y de impotencia para el ave emigrante. Y si no fueran amortiguados por el trato amable, casi amoroso, que recibía el jarrón golondrinero siempre acariciándolo, o besándolo, o aseándolo… no sabe qué habría hecho.
Lo peor fue cuando colocaron un ramo de flores, al recordar de pronto, dolorosamente que, ella, había sobrevolado campos cuajados de esas mismas flores. Fue un ramalazo de nostagia que recorriera su ser. Y volvía a encender su rebeldía contra la injusta situación en la que se encontraba. Luego, se iba aquietando. Por otra parte, no podía acusar a nadie de su estado.
-¡Maldito Destino!, exclamaba.
Y se ponía a soñar que volaba.
Tantas y tantas veces pusieron flores en el jarrón que, paulatinamente, lo fue tomando como un regalo natural para ella.
Las flores le traían aire fresco y noticias del mundo exterior. En cierta ocasión, recordaba, una de las flores se curvó cayendo cerca de sus ojos. Era un clavel rojo de aroma profundo y muy agradable. Sintió deseos de charlar con él porque, antaño, aprendió el lenguaje de las flores:
-Hola Clavel, ¡qué olor tan penetrante tienes!
-¿Me conoces?
-Claro, yo antes volaba por encima de los campos donde había muchas flores.
-¿Antes?… Y ahora, ¿por qué no lo haces?
-Es que estoy encerrada en este jarrón.
-No te entiendo… Lo que si sé es que estás como yo: me han metido a la fuerza en este recipiente. Y menos mal que el agua que tiene en el fondo alivia el dolor, porque cuando me cortaron con las tijeras sentí un dolor horrible y comencé a sangrar. Ahora ya me duele menos.
-¿No lo entiendes?… En fin, sería muy largo de contar… Cada uno tiene su cruz… Oye…
-Dime.
-A mi el color de tus pétalos me recordó la sangre de una amiga que se sacrificó por una causa noble.
-No serás tú una de las 5 del 75…
-No. Que yo sepa. No conozco esa historia. Soy, eso si, una de las 100.
-¿Si? ¿De la bandada que encabezó la hija de aquella que se sacrificó por los hombre y que se cuenta en El Príncipe Feliz?
-Una de ellas. ¿Has oído la aventura?
-Algo se contaba por los campos de claveles. Pero me gustaría oirlo con tus propias palabras. Tú, que fuiste protagonista.
-Vale. Te la contaré con la condición de que no me interrumpas. Si lo haces se me corta el hilo y me pongo a llorar.
-De acuerdo.
-Verás: habíamos venido de África aquella primavera. Mi familia y yo hicimos un nido debajo del alero del tejado y un niño de pocos años me dio un día, que me posé en el alfeizar de la ventana de la habitación donde dormía, unas migas de pan. Lo agradecí porque, por aquel entonces, no abundaba la comida en los campos. A partir de ese momento acudi todos los días y siempre siempre tenía algunas migajas para darme. Y si no se encontraba allí dejaba un platillo con miguitas de pan. Llegué a ser amiga de él. Creo que nos queriamos mucho.
Por la mañana me levantaba temprano, volaba hasta los cables de la luz que había a la salida del pueblo. Allí se iban posando mis amigas y, cuando la aurora asomaba sus rayos, levantábamos el vuelo hacia los campos.
En una de esas travesías volanderas estaba cuando descubrimos asustadas un águila. Temblamos y en un quiebro veloz, en un arabesco de sombra, nos ocultamos entre las yerbas de un prado. Así estuvimos un tiempo hasta que la hija de la golondrina del cuento quien, como ya sabes, estaba con nosotros porque no quiso ir a Inglaterra y se vino a España, levantó el vuelo. Aun continuaba la rapaz en el cielo. No obstante seguimos volando sin perder de vista a la carnicera. Volabamos  siguiendo los movimientos ondulantes del viento sobre los cereales y las hierbas: subíamos y bajábamos. Eran dignas de verse nuestras filigranas de baile en busca de insectos. ¡Ah! Viviamos…
En uno de los vuelos percibí que por un camino venía andando un niño. Enseguida conocí que era mi amigo. Se dirigía, sin duda, hacia el patatal que sus padres estaban regando. Me inquieté. Si lo descubría el águila, pobre de él. Porque era mala. Muy mala. Y tenía hambre. Mucha hambre. Y, claro, lo descubrió, ¡menuda vista que tiene la pájara! Colocose encima de él  volando lentamente, como si planeara. Se lo comuniqué a Golondrina Fiel (llamaré así a la golondrina de la que ya te he hablado) Nos dijo que nos reuniéramos volando en torno a ella que nos hablaría. Pero que, como era peligroso lo que nos iba a proponer, solo lo hicieran las voluntarias. Las demás podían proseguir su vuelo. Algunas se fueron. Pocas. Nos quedamos 100. Por eso nos conocen como la bandada de las cien. Afirmó que la única manera de salvar al niño era distraer al aguila atrayéndola hacia nosotras. Aun a riesgo, cierto, de perder la vida alguna. Como así fue. Nos acercamos en bloque y el águila que planeaba, como ya te he dicho, siguiendo la trayectoria del niño, se vino hacia nosotras. Como  teníamos previsto nos lanzamos en picado hacia la tierra. Una sorpresa le preparábamos de la cual se iba a acordar el águila toda la vida: en una huerta, cerca del patatal, donde trabajaban ajenos a esta batalla los padres del niño, se elevaban, clavadas en tierra, unas estacas en punta hacia el cielo para que treparan las matas de  habas. A una señal de Golondrina Fiel, 99 de nosotras nos apartamos de ella que se dirigió a posarse en una de las estacas seguida muy cerca por la depredadora. Tan ciega iba, por el hambre y la ira, el águila carnicera que se jincó en la estaca. Desgraciadamente, nuestra compañera y guía no tuvo tiempo de alejarse lo suficiente  del área de acción del aguila quien con una de sus garras la desgarró. Cayó Golondrina Fiel cerca del pico del aguila que aleteaba de dolor queriendo desasirse de esa trampa mortal. Golondrina Fiel pereció, pero salvó al niño. Reemprendimos el vuelo entristecidas por la muerte de nuestra hermana. Vi al niño que me saludaba con la mano. Me había conocido.
Así terminó el relato de la aventura y el clavel se sintió tan conmovido que dejó caer un petalo rojo en honor a la heroina muerta.
Quería decir algo pero no tuvo ocasión porque la señora de la casa cogió las flores del jarrón y las echó a la bolsa de la basura. Y es que al ver el pétalo en el suelo creyó que se estaban mustiando. Ella no entendía el lenguaje de las flores.
Muy sola y triste se quedó la golondrina emparedada en su arcilla. Solo los ojos le unían al mundo objetivo exterior. De allí recibía un panorama pobre para la que había sobrevolado casas, campos y montañas, ríos y mares: dos sofás, dos sillones, unas plantas, tres paredes y un pararillo en su jaula recordándole, una vez más, su desgracia y los grados de ella: primero, segundo, tercero y aun existía uno más: el de los deshauciados. Y como el que no se contenta es porque no quiere, ella se podía dar con un canto en los dientes: no estaba deshauciada. Nadie le había dicho que fuera a morir.
Se le elevaba entonces la moral, se henchía de optimismo, pensando en su valentía o en el sacrificio de su amiga. No se daba por vencida.
Para distraer su soledad se pudo a rememorar su charla con el clavel:
-¿Qué habría querido decir con eso de que si ella no era de las 5 del 75?… ¿A qué se refería?…
Se quedó un rato pensativa.
Mas tarde soñó que volaba.
La vida en aquella casa no tenía muchos altibajos; podría decirse que era monótona y aburrida: los hijos estudiaban (no todo lo el padre quisiera), la mujer iba al mercadillo los miércoles y el hombre escribía o leía (a veces en voz alta). Veían la televisión… En fin, como la mayoría de las familias.
La golondrina desde su encierro oía las lecturas del señor de la casa sin poner mucha atención. Sin embargo una que se refería a la madre de Golondrina Fiel. Era el cuento de ‘El Príncipe Feliz’ que había mentado el clavel. Le emocionó mucho y derramó abundantes lágrimas. El final de madre e hija era trágico: el sacrificio por una causa hasta la muerte.
Aunque es mas corriente de lo que suele creerse, pues lo hacen miles de seres, si no millones, toda la vida. La diferencia en la heroicidad, como en las desgracias, radica tan solo en el fulgor doloroso del instante de bravura, en unos casos; en otros el sacrificio es una resistencia gris sin brillo, pero no menos heroica a lo largo de toda la existencia de esos seres. Esa es la diferencia, ese el grado.
Le vino a corroborar este pensamiento la lectura de esa historia que narra la decisión de un ave de lanzarse a los cielos, aun herida, a riesgo de perecer en el intento, con tal de sentir el aire, la altura, la sensación de libertad.
Gesto valiente, brillante como el filo de la espada, pero su fulgor ciega sin dejar ver que es un gesto gratuito, ajeno a generosidades. Inútil, por tanto. Es rayo que ilumina cegando. Locura de los valientes. Para algunos la única sabiduría. La de los héroes. La de los arrojados. La de los valientes. No quería quitarle ella mérito, pero tampoco se uniría a la postura de los que esconden la otra, la de los de abajo que no brilla como el oropel, siendo valiosa, oro puro para los suyos, que es la de todo el común. Esta abre caminos a los que viven en el infortunio, en la desesperanza, elevándolos por encima de todas las desgracias. Muchos héroes hay que deambulan cabizbajos. Y sólo necesitan que las condiciones maduren para que, también, surja en todo su esplendor la capacidad que encierran en esa apariencia pálida. Se mostrará con clara intensidad que estaban hechos de pequeñas heroicidades que habían llegado a un punto de cocción preciso dando como resustado la magna obra que ya latía por debajo.
Descubre que ella es así: late, nunca mejor dicho, bajo la superficie.
Con motivo del cumpleaños de la mujer de la casa, el 27  de septiembre, los hijos le compraron un ramo de flores en el que venía una nota:
-”Tus hijos te desean feliz cumpleaños y te anuncian que tu hija ha aprobado la carrera”.
-¿Si? ¿De verdad? ¿Has aprobado?… Este es el mejor regalo que he recibido en mi vida.
Lloró emocionada. Efectivamente, había aprobado. Su nota aparecía en Internet en la web de su universidad.
El ramo de flores estaba encima de la mesa del salón y los gatos subieron a oler las flores. Para que no las estropearan las puso en el jarrón quien, como siempre, estaba en la repisa de la chimenea. Llenando de alegría a la golondrina que, así, podría charlar con las flores.
El día era uno de esos luminosos de finales de septiembre. El sol calentaba con fuerza. Por el cielo volaban, con alegres chillidos, numerosas avecillas. La mujer, en un arranque de desbordada alegría, abrió la ventana del salón de par en par para que entraran los rayos de sol a raudales y colocó la vasija en el alfeizar. La golondrina y la mujer respiraron profundamente. Miraron de frente. Al cielo. Al fondo del cielo. A la calle. Al fondo de la calle. Venía mucha gente en manifestación. Se retiró de la ventana la señora para comunicárselo a sus hijos.
Como era la primera vez que habían colocado el jarrón en ese lugar la golondrina ahora veía un panorama connatural a ella: cielo azul, aves volando, nubes blancas, sol… ¡aire!, ¡libertad!… Por un momento se sintió libre de ataduras, de cárceles, de aherrojamientos… ¡de barro endurecido! Estaba en otro mundo. En su mundo…
Le sobresaltó la pregunta de un clavel:
-¡Oye!, ¿no eres tu una golondrina?
-Ya se ve.
-¿Y no serás por casualidad una de las 100?
-Estuve en aquel suceso. Ahora me encuentro encerrada en esta prisión.
Y le contó su desgracia.
-Hemos oído que cuatro del grupo de las 100  te están buscando. El resto emigró hace tiempo. Se lo voy a decir a mis parientes. Se alegrarán.
-¿Los tienes aquí?
-Si. Somos 3 hermanos y 2 primos. Yo me llamo José Humberto y mis dos hermanos se llaman José Luis y Ramón. Y los primos Txiqui y Otaegui. En realidad todos somos claveles…
-¿De dónde vienen esos nombre?
-Como te digo todos somos claveles. Pero la estudiante que ha aprobado la carrera nos ha bautizado así dándonos un beso. ¿Sabes qué día es hoy?
-No.
-27 de septiembre.
-¿Y?
-¿Y?… ¡Ah! ¡Ya entiendo! Tu desapareciste antes de que ocurriera esta historia. Te la contaré brevemente: hace unos años vivió un hombre malo que tenía por nombre Franco y no porque fuera sincero y abierto. No. Dirigía una dictadura cruel y sangrienta contra el pueblo. Mucha gente, la mayoría, lo odiaba. Luchaban como podían contra él. Contra esa dictadura militar. Entre ellos los jóvenes. Cinco decidieron combatirla con todas las armas en sus manos. Otros muchos también. Y se opusieron, legitimamente, a la violencia dictatorial con la violencia de la libertad. Eran débiles. Eran pobres. Eran pocos. Pero eran puros. Marcaban camino al andar. Pero los apresaron, los torturaron y los asesinaron un 27 de septiembre de 1975.  Y todos los 27 de septiembre se celebran actos en su memoria. Colocan claveles rojos en sus tumbas que los malos arrebatan de ellas. Golondrinas en guardia se encargan de reponerlos en recuerdo y homenaje a esa golondrina generosa y a su generosa hija que sacrificaron su vida por los demás. Este año tocaba a las 5 últimas golondrinas del grupo de las 100. Es importante este simbólico acto porque, muchas, han ido perdiendo el recuerdo de aquello o se han dejado llevar por el desengaño o porque las tareas le ocupan tanto tiempo que las agota y cuando llegan al nido permanecen mirando como espectadores hasta que se duermen.
-Tal vez muchas, como yo, contemplan prisioneras el devenir de los acontecimientos sin poder hacer nada. O son prisioneras porque nadie les ha enseñado el modo y manera de contribuir con su acción a transformar las cosas. Paralizadas por la ignorancia. Se encuentran metidas en la mazmorra de la impotencia.
-Por eso es imprescindible tu concurso para mantener viva la llama de todo lo que es hermoso y justo y por lo que merece sacrificarse. En nosotros, los claveles, se halla la sangre de todos los héroes que en el mundo han sido y su aroma se expande en amoroso recuerdo.
-¿Y yo qué puedo hacer?
-Salir de ese encierro rompiendo los muros que te aprisionan. Para ello se necesita voluntad y determinación. La inteligencia te mostrará el camino.
-Eso… es más fácil de decir que de llevarlo a cabo… ¿Qué se oye?…
-Son los gritos de los manifestanes que se acercan.
-Dicen: ¡27 de septiembre, justicia popular! Lo oigo…
-Pero mira, se acerca a la acera, debajo de nosotros, un hombre con una pistola.
-¿Quién es?
-¿¡Quién va a ser!? Un partidario del asesino que mató a esos cinco jóvenes, con cuyos nombres nos ha bautizado la estudiante a mi y a mis hermanos. Por cierto, que aun no les he dicho que estás aquí. ¡Eh, hermanos! ¡He hallado a la golondrina de la bandada de las 100 a quien buscaban sus cuatro amigas! ¡Está aquí!…
Se produjo un movimiento en el jarrón por la alegría de los claveles, y por el aire movido por las alas de cuatro golondrinas que se posaron en el alfeizar; alfeizar al que acudieron los dos gatos de la casa atraidos por las aves; alfeizar donde la joven llegó llorando (acababan de comunicarle que la nota aparecida en Internet era un error) a proteger las flores y el jarrón de su madre.
Alargó la mano, pero no pudo impedir que se precipitaran al vacío.
Fueron pocos segundos pero la golondrina se vio colmada de una dicha infinita, sintiose cual si volara libre y soberana por el cielo azul, purísimo, de ese día soleado de septiembre. Hasta que chocó el jarrón en la cabeza del que se disponía a herir con su arma a pacíficos manifestantes. Ahí quedó, desmayado, en el suelo, entre los trozos del jarrón hecho añicos, mientras arreciaban los gritos de los manifestantes:
-¡Vosotros fascistas sois los terroristas!
Manifestantes que aplaudían vueltos hacia la ventana, donde una joven, flanqueada por un gato negro y otro blanco, lloraba embargada por la pena y la emoción.
Las cuatro golondrinas revolotearon con un clavel en el pico en torno a su hermana quien, aturdida, se recuperaba libre de encarcelamientos arcillosos, los cuales quedaron esparcidos por el suelo junto al clavel rojo.

El cuento no dice si pudo emprender el vuelo.

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Tuesday, January 27, 2009

Leon Damas: dadme mis muñecas…

Dadme mis muñecas negras para jugar con ellas
los juegos ingenuos de mi instinto.

Quiero permanecer protegido por las leyes
y recuperado mi valor
y mi audacia
para sentirme auténtico
nuevamente auténtico
y el mismo que yo era
ayer
sin complejidades
ayer
cuando llegó la hora del desarraigo

León Damas

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Wednesday, November 5, 2008

Lauro Olmo: Miraba de frente

Miraba de frente

Salieron juntos
a la hora del alba,
cuando la vida es pequeña aun.

y…
los fusilaron
en un bello amanecer.
Y antes de que los pájaros se quedaran mudos,
una voz alzó esto:
¡Mirad de frente, hijos míos!

Lauro Olmo

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Tuesday, August 26, 2008

Post Data de Horacio Álvarez Hernández

Acabada la relación, en cuartetas, de fallecidos en Santa Clara de Avedillo (Zamora) por parte de Horacio Álvarez Hernández, cae en la cuenta de que hay unos pocos personajes que la memoria no ha recordado y dolido remedia su falta recordándolos en prosa con essta post data:

“Al terminar el anterior relato, forzando un poco más la memoria, observo que se me han quedado en el tintero unas personas de las que yo contaba y como no quiero hacer distición, pues para mi fueron todas iguales, aunque sea en prosa, quiero dedicarles un recuerdo:
Empiezo por los hermanos Pedro y Antonio, hijos de Baltasar y Nieves; Angélica, esposa primera de Paco el de David; la señora Celerina; el tío Roque el cojo y su mujer Emilia, la Salvadora; Ascensión, ‘La Quequesa’ y dos hermanas, una se llamaba Inocencia y de la otra no me acuerdo; Clemntín; la señora Leonora, madre de Felipe y Domingo; la esposa de éste, Dora; Teresa la de Filiberto, que, por cierto, fue mi madrina; el tío Nicasio y su esposa; mi buen amigo y compañero de trabajo durante algún tiempo, Miguel ‘Chinito’; Miguel ‘El Juaneto’ hijo, excelente persona y gran profesional; una señora que me ha dolido olvidarla pues fue compañera mía en el trabajo siendo yo casí niño, Pepa, esposa de Ángel ‘El Modorro’, juro que tengo de ella grandes recuerdos ya que me quitó más de un golpereferente al trabajo en casa de Esteban, ‘El Comerciante’, para ella mi más sincero recuerdo; también para su hijo Miguel Ángel, lo conocí poco tiempo pero suficiente para comprobar que era un gran chaval; la señora Vicenta, esposa de Vicente el alguacil; la señora Adelaida, el ama del cura; Pedro ‘El Mingo’; el célebre Pepe ‘Matilde’; y por último, ahora si que no recuerdo a nadie más, Antonio ‘El Capitolino’, un hombre a quien siempre tuve un gran aprecio, fui con él a Madrid en el año 1942, teniendo yo 12 años, y con él lo pasé estupendo.”

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Friday, August 22, 2008

Santa Clara de Avedillo (Zamora) en el corazón de Horacio Álvarez Hernández

Horacio Álvarez Hernández tuvo que emigrar de su tierra huyendo del hambre que atenazaba a muchos jornaleros en la llamada postguerra de esa guerra que vivió España entre los años 1936 y 1939. Tardó años en volver, pero siempre anidó el amor por la tierra que lo viera nacer en su corazón de poeta.
Cuando por fin pudo volver lanzó una mirada al entorno y con dolorosa pero cordial remembranza anotó los rostros desaparecidos yendo calle por calle, barrio por barrio y casa por casa. Su cerebro funcionó perfectamente. Y escribió unas cuartetas.

A esta rememoración Horacio Álvarez Hernández la rotuló así: ‘Recuerdo de las personas fallecidas en Avedillo desde los años 40 hasta el 2001′. Comenzamos las cuartetas:

“Desde que yo fui chiquillo
tanta gente conocí
en mi pueblo, en Avedillo,
que quiero dejar aquí

constancia de aquellas gentes
que recuerdo con cariñño
y que cuando yo era niño
ellos estaban presentes.

Calle a calle, barrio a barrio
el pueblo recorreré,
y en ellas recordaré
a todo aquel vecindario.

Por mi calle empezar quiero,
mis vecinos más cercanos,
familia Pérez Herrero
a quien quise como hermanos.

Señor Sixto, Heraclio, Antonia,
ya siete vieron el fion,
siempre tengo en la meoria
a mi amigo Serafín.

Alejandro y Agustina
de mi padre eran parientes,
Consolación, madre y tía
del genial Manolo el ‘Tente’.

La señora Vicentina,
Madre de José el ‘Cenizo’,
también la tía Celestina
y su marido, el tío ‘Rizos’.

Otros que por santo y seña
un grato recuerdo guardo:
Ysabel y Amancio Peña,
también el señor Ricardo.

Con su cuñada y su esposa
fue gente con privilegio,
eran los padres de Sergio…
no me acuerdo de otra cosa.

También quiero recordar
a otra rfamilia famosa,
cual fuel el señor Baltasar
y Nieves que era su esposa.

En esta casa vivió
y de la misma familia,
don Emilio y Rosalia;
él, del pueblo fue doctor.

Dejo atrás a una niñina
que tuvo por nombre Elo;
perdón Manolo, Agustina:
que Dios la tenga en el cielo.

Ya metido en esta guisa
recuerdo con gran respeto,
al señor Manolo Prieto
y la señora Eloisa.

En esta calle adalid,
¡cuántas picias nos hacía!,
el famoso tío David
y la señora María.
*
De todos es bien notorio
que en el Salón (sic), a la vez,
vivió su hijo Rubén
y el estupendo Gregorio.

Dando la vuelta a la esquina
un hombre que fue un encanto,
me refiero a mi tío Fausto;
y su esposa, mi tía Sabina.

Solo queda en ese corro
y también en esa mano,
el señor José el ‘Caitano’
y su gran mujer: Socorro.

En esta calle que, ahora,
llaman La Calzada y tal,
-antes era el Arenal-
vivió doña Telesfora.

Fueron años de esplendor,
cerca había otros vecinos,
doña Eulalia y Constantino
los padres de Salvador.

A estos se le conocía
-si su familia le excusa-
por apodo ‘Los Tarusas’;
muy cerca la barbería.

Y luego, en la otra manzana,
recuerdo, vivía allí,
la familia Tamarit:
don Eulogio y doña Adriana,

señor Serafín, Elena,
‘Patatero’, Estefanía,
la madre de éste, Crescencia
y la otra tía mía.

El tío Dimas, ¡qué paisano!,
-lo admiraba el pueblo entero-,
con Vicente Zamorano…
¡qué risa en el mentidero!

En esa calle tan larga,
-es la mayor de Avedillo-
vivió Manuel Fresnadillo
y su señora Genara.

El tío Alfredo, ‘El Juaneto’
y también en ese corro,
el tío Manuel ‘El Modorro’
y mi tío Feliberto.

‘Los Chinitos’… ¡qué pasión!
¡Dios Santo, cuánta gente!
señora Águeda, Clemente,
la señora Concepción…

Queda poco de este barrio:
vivió Clemencia, Eliseo,
don Ignacio, el secretario,
enfrente de los cabreros.

Perdón por esta expresión,
cosas de rima, ¿me explico?
Dionisio, Visitación…  
y los padres de Federico.

La calle, ya por los pelos,
se acaba, mal que me cuadre;
en ella nació mi padre
y mis difuntos abuelos.

Sus nombres recuerdo ahora
que yo muy bien me los sé:
mi abuela se llamó Aurora
y el abuelo era José.

*

La última casa, sin truco,
sus nombres, se me olvidaron;
solo sé que aquí moraron
los padres de Ángel ‘Filuco’.

Y en esa calle bendita,
que lo sepa el mundo entero,
al final está la Ermita
del Cristo del Humilladero.

Llego al Caño (sic), entro en él,
a ver si con nuevos bríos…
casa los ‘Anamaríos’,
la familia de Gabriel.

Sus padres y sus abuelos,
que se fueron de este mundo,
media docena eran de ellos
con Ángela y Segismundo.

Por esta calle tan bruja,
había que andar con zancos;
la familia de ‘Los Mancos’
ytambién la del ‘Granuja’.

Leovigildo, el señor Ramos
y en la otra casa vecina,
vivó ‘El Mosco’ y Florentina,
hoy yo y mi esposa habitamos.

Y donde vive Isabel
antes vivió otra familia,
ella se llamaba Emilia…
no recuerdo el nombre de él.

Luego había un portalón
con unos enormes poyos,
allí vivieron ‘Los Joyos’
y luego Ismael Bailón.

En la casa de la esquina
-esto lo tengo muy claro-
vivía el señor Genaro
y la señora Justina.

Eran padres de Teresa
a quien le faltó un hijo,
más abajo vivió Pepa
la madre del Ignacito.

También los padres de Sera,
de Dorín, Rosalina, Ancita…
José, Teresa la ‘Estanquera’,
Manuela y Juan ‘El Pinticas’.

Nicéforo, más abajo
-el marido de Virginia-
Francisco y Capitolina
y el señor Gerardo ‘El Gacho’.

Aquí me quedo pensando
de uno que se llamó Arturo…
Esto lo tengo algo oscuro…
No así al tío Alfredo ‘El Parrando’.

Subo al Teso (sic), ¡qué secuela
me dejó este barrio a mi!
porque, aquí, don Agustín,
fue mi maestro de escuela.

También aquí, en esta plaza,
un grato recuerdo guardo,
de aquel señor Eduardo
del clan de ‘Los Calabazas’.

Y por aquí, alrededor,
no sé si quedan resquicios
de los del ‘Esquilador’,
luego Fabián, Afrodisio…

 *

Avelina, Macario, Filomena,
y también en ese corro,
el señor Domingo ‘El Mono’,
su esposa y su hija Magdalena.

Y al final de la manzana
del Teso, en la misma esquina,
vivía, con su sobrina,
la tía Beatriz, ‘La Merchana’.

Subiendo más hacía el “atrio” (sic)
una señora muy fina,
se llamaba Ludivina,
con su tío Juan…. ‘Botabajo’.

En frente, el tío Secundino,
donde vive ahora Delfín;
en esta casa vio el fin
un gran poeta: Faustino.

Un poeta de alto vuelo
que, con todas ilusiones,
hizo muchas “relaciones” (sic)
a los mozos de este pueblo.

Y el pueblo llevó un mazazo
en aquel infausto día,
al saber que se moría
el gran Esteban ‘Mozazo’.

Más allá don Agustín
y siguiendo ese camino
la familia ‘Atilanin’;
cerca, la tía Patrocinio.

Y a la Victoria me acer co
siguiendo más adelante,
don Teodoro ‘El Comerciante’,
Ana María y Lorenzo.

En la otra casa cercana,
que era un comercio, vivía
don Tirso y Anatolía
y Francisca, la otra hermana.

Ahora, la vuelta engarza,
y en mi recuerdo perdura,
mi tía Eugenia ‘La Zarza’,
su esposo y don Paco el cura.

Llego al atrio, en esta zona
me acuerdo muy malamente
de Prudencia y de Ramona
¡Qué mayor era esta gente!

También el tío ‘Calabaza’
vivía aquí, justo al lado;
y donde vive ahora Amparo,
la familia Regalado.

Y aquí termina el recuento
de esta calle, y, a la vera
Román, Teresa, Mamerto…
y Encarnación ‘La Piñonera’.

Entro en la plaza, en la cual,
otro comercio existía,
fue de doña Rosalía
y don Antonio Leal.

Y en la otra, mucho antes,
y de la misma familia,
vivieron ‘Los Comerciantes’,
¡eso fue una dinastía!

Don Félix, Constanza, Esteban,
doña Carlina, don Enrique…
estos dos últimos eran
los padres de don Felipe.

*

A este un recuerdo especial;
olvidarlo no consigo,
era mi mejor amigo…
el amigo más leal.

Enfrente también vio el fin
otro poeta con casta:
fue padre, Manuel ‘El Zarza’,
de Moisés y Manolín.

Y siguiendo la otra mano
y otro clan que yo aprecié
y que nunca olvidaré:
el clan de ‘Los Zamoranos’.

Esteban, Miguel, Vicente,
Pepa, la buena María,
los abuelos… ¡cuánta gente
en esta casa vivía!

Los recuerdo con cariño,
porque creo estar seguro,
que aquí gané el primer duro
cuando yo era casi niño.

Y donde vive Genaro
recuerdo con añoranza
a Evilasio, buen paisano,
el marido de Constanza.

Y pasando el Consistorio (sic)
otra muy requetefina,
se se nombraba Cesarina
y su padre el tío Eliodoro.

En la otra casa de enfrente
vivió pasando penurias,
otro señor excelente:
Colino, murió en Asturias.

Este hombre fue jornalero
de otro que al fin dio pena:
Jeremías ‘El Herrero’
marido de Filomena.

Ya camino del Corrucho (sic)
-de Felipe es hoy la casa-
vivió mi abuela Tomasa
a la que yo quise mucho.

Luego había otra paisana
fina como un esqueleto:
Josefa ‘La Valeriana’
vivía frente a ‘Los Letos’.

‘Los Letos’… (sic) familia atenta;
en esta casa, señores,
conocí a la tía Nolverta,
a Leto, Anselmo y a Flores.

Las últimas que moraron:
Agustina, Alfonsa, estas
que por fin las apodaron
con el nombre de ‘Las Grecas’.

Más allá ótra dinastía
muy larga en el tiempo aquel:
él se llamaba Miguel
y su esposa Sofía.

Guadalupe, que soltera
se quedó… (sic) Y otra cosa:
también vivió Aurelio y Rosa
en aquella misma acera.

La esposa del señor Juan,
que Blásida se llamaba,
el tío ‘Crespo’ allí moraba
su padre y jefe del clan.

*

En la esquina un hombre entero
que en su oficio era muy fino:
señor Emilio ‘El Herrero’
y su hijo Constantino.

Luego queda el tío Rodrigo
y Miguel y Baltasara
y quien yo nunca olvidara,
a Jesús, que fue mi amigo.

La tía, al dar la vuelta,
su esposo, su hijo Enedino
y, dando un rodeo al camino,
Eloisa y Perfecta.

En el mismo callejón
un matrimonio divino
compuesto por Asunción
y Teodoro ‘El Vitorino’.

Me voy a una callejita,
si ustedes me dan permiso,;
allí, con mi tío Narciso,
vivieron Basilia y Rita.

Aquí también vio su fin,
y en otro mundo reposa,
otro pariente, Joaquín,
el marido de Piadosa.

Bajo la calle, sin prisa,
dando la vuelta a la esquina,
marido y padres de Luisa,
luego Clotilde y Regina.

Y se acabó la manzana;
al otro lado del camino,
con los padres de Atilana,
vivió su esposo Faustino.

Falta medio pueblo entero;
el arroyo paso aprisa,
hacia la calle El Piñero;
antes Jaime y María Luisa.

En esta calle, en la esquina,
antes de llegar al fin,
moró la tía Petronila,
luego Eudosia y Benjamín,

padres de mi tía Piedad;
y más abajo vivieron
el tío Ángel ‘El Ternero’
y la tía Felicidad.

Calle abajo el tío Gabriel,
-por el nublao (sic), fue una eficacia-
al lado la tía Bonifacia
moró con su nieta Ester.

La picota es el destino;
la casa de Ángel, ahora,
antes era de Faustino
y su mujer Isidora.

Y camino de la fuente
me dirijo sin problemas;
era del tío Roque ‘Ledesma’
la casa que, hoy, es de ‘Resti’.

Perdona ‘Resti’ el agravio
-esto es cosa de la rima-
más allá, en la otra esquina,
vivía el señor Octavio.

Ahora estoy remembrando,
de un comercio que aquí había,
en el cual también vivían,
Pepa, María y Leandro.

*

En esta casa moraron,
y ya con esto termino,
vecinos que un día fueron
abuelos de Vitorino.

En la Cumbre (sic) ya me meto,
en la primera manzana
vivía el tío ‘Regoleto’
con… (sic) otra mujer, su hermana.

Antes era un callejón
-Federico hizo otra casa-
en esta vivió su esposa
y la familia Bailón.

Después de Paco Magín,
¡madre mía qué desastre!
residió la familia ‘Sastre’,
y la del tío ‘Pascualín’.

En la que, hoy, es de mi hermano,
recordará el pueblo entero,
vivieron los carpinteros,
y su hijo Domiciano.

Donde ahora es el garaje
-perdón si temgo una errata-
recuerdo de un personaje
que apodaban el ‘Tío Patas’.

A la otra acera giro,
porque no quiero pasar,
sin llegar a recordar,
al bueno de Casimiro.

Y lo sabe el pueblo entero
que era un poeta ocurrente;
al padre llamó la gente
‘Tío Félix el Molinero’.

Otros que tampoco están
-una famila hacendosa-
el tío Ambrosio, el Sacristán,
sus dos hijas y su esposa.

Donde mora Salustiano,
que es la última parcela,
vivió el señor Paablo,
y su esposa Micaela.

Era yo muy chiquitito,
pero algún recuerdo guardo,
de un bar, el del tío Nivardo,
y luego, ‘Los Manojitos’.

‘Manojitos’… ¡vaya clan!
-en el pueblo fue notorio-
son ocho los que no están
con la hija y madre de Antonio.

Mas allá el señor Leonardo,
el tío Majín (sic) y Pastora,
el tío Miguel ‘El Salgado’
y Adulina su señora.

En la última un inciso,
les diré por qué razón:
yo quise a mi tío Narciso
con todo mi corazón.

Desde aquí al trinquete (*) llego,
y al vecino más cercano,
desde la era el tío Diego,
era el tío Maximiliano.

¡Miento!, que en la misma acera,
aunque si de esta familia,
Remedios y Rosalía;
luego, la tía Baldomera.

*

En esta casa vecina,
de este barrio tan famoso,
residió la tía Fermina
y Félix ‘El Poteroso’.

La calle ya toca al fin,
un buen hombre allí vivía:
el competente Fermín,
con el bar y panadería.

Aun muchos recordarán
que, a Fermín, llamaban Foro
por su padre Telesforo;
también me acuerdo de Adrián.

Y doy la vuelta al revés,
pasando a la otra esquina,
donde moraba Agustina
y Manuel ‘El Leganés’.

El teso dejo por fin,
y a la calle que ahora llego,
vivió el señor Agustín,
su esposa y, enfrente, Diego.

Don Claudio, doña Balbina,
y pasando a la otra acera,
Porfirio y ‘La Potajera’
y Mercedes, su vecina.

Enfrente un portal austero
y una familia muy grata:
el tío Manuel ‘Zapatero’
y la señora Donata.

Ya pocco me va quedando,
mas no dejo de la mano,
Felicísima y Cipriano,
sus hijos Paco y Bernardo.

Y aquí, detrás del ‘Lagar’ (sic),
otro matrimonio había,
sin duda el señor Germán,
el marido de Balbina.

¡Calle La Puebla! Y aquí
un caso curioso cito,
¿sabén donde yo nací?…
donde vivió el tío ‘Gallito’.

Y donde el bar ‘Los Amigos’,
salvo que tenga una errata,
moraron unos vecinos,
de apodo ‘Los Zaparratas’.

De ti, Ignacio, era abuelos
-perdóname la expresión
pues no es mala mi intención-
¡Dios los tenga en el cielo!

Me paso a la otra manzana,
y conoce el pueblo entero,
aquí habitó Robustiana
y el tío Fernando, ‘Torero’.

Allí, muy cerca de éste,
otro matrimonio, aquel,
eran los padres de ‘Resti’;
también su hermano, Fidel.

Recuerdo con gran candor
-pues creo era gente sana-
como fue el tío Nicanor
y la tía Maximiliana.

Otras gentes que eran sanas,
porque no cabe otra cosa,
el señor Dionisio Llamas,
su mujer y su hija Rosa.

*

También aquí dejó lastre,
y unos recuerdos amargos,
a su familia, Milagros,
la esposa de Emilio ‘El Sastre’.

Enfrente, en la otra manzana
-muy poca gente conoce-
murió la tía Veridiana,
que fue la madre de Conce.

Debo de hacer un espacio,
para también recordarlo:
la familia de Dalmacio,
su esposa, Antonio y Gonzalo.

El pueblo ya he recorrido,
alguien se me habrá olvidado,
por ello perdones pido,
al no ser intencionado.

A sus familiares digo,
que de todo corazón,
a todo el pueblo le pido,
por ellos, una oración.

Y al que tenga la osadía
de leer este relato,
rememore que algún día
constará en este reparto.

Bien sabe Dios que quisiera,
cuando algún tiempo pase,
hubiera quien se acordase
y aquí mi nombre incluyera.

Que, aunque parezca mentira,
el tiempo se irá pasando,
y alguien se estará acordando
de quien, hoy, tenemos vida.

Nos debemos acordar
que esta vida es transitoria;
y para ir a la Gloria (sic)
la tenemos que ganar.

Y no quiero más cansar
con este vano estribillo;
pido al pueblo de Avedillo
que me sepa perdonar.

Horacio Álvarez Hernández
Año 2001, Gijón,

Posted by María Pita at 15:29:53 | Permalink | Comments (2)

Sunday, August 10, 2008

Este es Txomin Goñi Tirapu: un modelo que no gusta al poder monárquico

Txomin Goñi Tirapu

Txomin Goñi Tirapu

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